Los números se reparten boca abajo y el rey da una orden del tipo «el 3 al 5». Cada persona toca solo su propio nombre para mirar, así que el rey saca la carta sin saber quién es quién.
Las órdenes hablan de números, nunca de personas. Si nombraran a alguien, el rey sabría a quién le toca antes de sacar la carta y se perdería lo único que hace gracia: no saberlo.
El rey queda fuera de los objetivos. Una orden que te das a ti mismo ya no es este juego, es una carta de retos.
El nivel extremo solo se abre tras confirmar la edad, y esa confirmación se queda en este navegador.
La lista de jugadores se comparte con los demás juegos para beber de aquí, así que los nombres se escriben una sola vez.
Valen para una mesa con compañeros de trabajo o gente a la que acabas de conocer.
Para una mesa que ya tiene confianza.
El juego del rey reparte un número por persona, boca abajo, y convierte a una de ellas en rey. El rey da entonces una orden que nombra números y no personas, así que nadie sabe que le ha tocado hasta que se dice su número. Ese desconocimiento es el juego entero.
Una ronda tiene tres tiempos: repartir, mirar cada uno su número y que el rey lea la orden mientras los números nombrados se delatan. Después conviene repartir de nuevo: si se reutilizan los números, a partir de la segunda ronda todo el mundo adivina quién es quién.
Lo habitual es romper una servilleta y escribir los números a mano. Los papelitos caseros se escapan por dos sitios: el del rey suele distinguirse por el doblez o el trazo, y el papel acaba sobre la mesa, donde lo lee el de al lado.
Aquí los números viven en la pantalla y empiezan ocultos, así que esos dos problemas desaparecen. Cuando todos han mirado y vuelto a ocultar, en la mesa solo se lee «Toca para ver», y repartir otra vez es un botón en lugar de otra servilleta rota.
Una orden tenía que cumplir tres cosas: terminarse en 30 segundos sentado, no ser física ni obligar a salir de la mesa, y no escribir de verdad a alguien que no está. Casi todos los líos de una noche empiezan con un «sal fuera y…» o un «escríbele ahora».
Por eso la baraja se apoya en hablar: piropos, imitaciones, primeras impresiones, aguantar preguntas. Cosas que acaban en la mesa y que cualquiera puede cambiar por un trago si prefiere no hacerlas.
Suave, picante y extremo. Al elegir picante siguen saliendo las cartas suaves, para que la mesa no salte de golpe al nivel más alto y la baraja no se quede corta.
El extremo solo se abre tras confirmar la edad. Una casilla suelta se activaría sin ninguna fricción justo en la mesa donde no debería: con menores o con gente recién conocida. La confirmación se queda en este navegador.
La verdadera pereza de estos juegos es reescribir seis nombres en el móvil. El enlace para compartir mete la lista, el nivel y la semilla de la ronda en la URL: quien lo abra verá los mismos nombres y le saldrán los mismos números y cartas.
El nivel extremo nunca viaja en el enlace. Si bastara una URL para abrirlo, la confirmación de edad no serviría de nada, así que solo se aplica si el navegador que recibe el enlace ya la ha dado.
Si prefieres señalar a una persona en vez de a un número, la botella encaja mejor. Para una mesa que solo quiere preguntas está el juego de la verdad, y para elegir entre dos opciones, el juego del equilibrio.
Cuando solo hace falta decidir quién bebe, los dados o la escalera van más rápido. El juego del rey brilla cuando nadie quiere seguir inventando qué tiene que hacer el que pierde.
Tres o más es lo suyo: hace falta un rey y dos objetivos para que funcione una orden como «el 3 al 5». Con dos también se puede, pero la baraja se reduce sola a órdenes de una sola persona. Caben hasta doce nombres.
Cada casilla empieza en «Toca para ver». Solo se ve el número al tocar tu propio nombre, y al tocar otra vez se oculta. Como el móvil va dando la vuelta a la mesa, oculta el tuyo antes de pasarlo.
No, queda fuera de los objetivos. Sí tiene número, así que al acabar la ronda puedes pulsar «Descubrir al rey» para ver cuál era.
Historias de pareja y confesiones del pasado: tipos, primer amor, ex, y poco más que un brindis con los brazos cruzados. Nada explícito ni que pida contacto físico. Se abre solo tras confirmar la edad.
Bebe y se sigue jugando, y vale una bebida sin alcohol. Insistir estropea una mesa mucho más rápido que cualquier carta.